jueves, 19 de enero de 2012

Dos Goyas inolvidables.



El azar y no la necesidad —ni ninguna otra de las oscuras fuerzas que mueven el destino de los hombres y las cosas—, hizo que en una semana Goya entablara por dos veces relación conmigo.

Se iniciaron, “los contactos”, el día diez con la nominación a candidata al “Goya a la Mejor Película de Animación” de mi primer largometraje: “The Litle Wizard. O mago Dubidoso”.

Una semana después en una excursión con unos amigos por Aragón pasamos por Fuendetodos el pueblo natal del pintor. Allí visitamos su casa y me hice una fotografía con el anfitrión… bueno, con su estatua, que casi viene a ser lo mismo.

En resumen, dos alegrías a reseñar: la inmensa, ser nominado a los Goya en mi debut en el cine profesional; la regocijante, las habas con chorizo que nos tomamos en Fuendetodos acompañadas de vino de Cariñena. ¡Inolvidables las dos!

jueves, 22 de septiembre de 2011

Matarás



En la noche de ayer miércoles, un hombre de raza negra llamado Troy Davis fue ejecutado en Georgia (Estados Unidos). En estos días se consumarán varias penas de muerte más en EEUU. El caso de Troy Davis ha tenido una repercusión especial, porque con casi toda seguridad era inocente. No había pruebas materiales que lo incriminaran. Y de los nueve testigos de la acusación, siete se retractaron aduciendo que habían sido presionados por la policía, la victima también lo era. En cuanto a los dos únicos testigos que no cambiaron su declaración: uno era un confidente; el otro, según la defensa del ejecutado, el verdadero autor del crimen.

El hijo de Mark McPhai el policía presuntamente asesinado por Troy Davis declaró antes de la ejecución de éste, preguntado por la inconsistencia de las pruebas que lo acusaban: “No tengo duda que debe ser ejecutado, él nunca demostró su inocencia y alguien tiene que pagar por la muerte de mi padre”.

Es que en el sistema judicial de los Estados Unidos, imbuido por la ética calvinista, no se busca el impacto social del delito, sus motivaciones, o la culpa. La Predestinación fundamento de sus creencias obvia todos esos problemas y los deja en un segundo plano. Lo importante es la reparación de daño causado, en el sentido más mercantil de la expresión. Por eso en un proceso penal, por muy grave que sea, se puede llegar a transacciones extrajudiciales. Los grandes bufetes utilizan la negociación (puro chantaje muchas veces) como forma de defensa. Pero, cuando no tienes nada con que pagar y aunque tal vez no seas siquiera tú el deudor, abonarás la compensación con la vida. El infierno es imprescindible para la manifestación total del atributo divino de la Justicia.

Troy Davis era: negro, pobre y vivía en el estado de Georgia, el paisaje donde transcurre “Lo que el viento se llevó”. Lugar que desde entonces, al parecer, poco cambio en cuanto a la erradicación de los prejuicios raciales. Estaba predestinado a pagar por un pecado recogido en unas Tablas de la Ley que hace ya mucho tiempo en su quinto mandamiento dicen: “Matarás”. El “no” que lo precedía borrado por la injusticia de los hombres de bien.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Torturas



Esta semana son innumerables las muestras de repulsa ante la barbarie del “Toro alanceado de Tordesillas”. La noticia ha abierto los telediarios; ocupado abundantes minutos en las tertulias, políticas o no, de radios y televisiones; cubierto espacios destacados en los periódicos de toda España. Es lógico. No hace falta echar mano a la Historia de almanaque esgrimida por defensores y críticos para concluir que es una crueldad gratuita, una diversión de salvajes.

Disiento en lo de tradición medieval. En las imágenes emitidas sobre este suceso, aparecen alusiones a héroes del futbol actual. “Me sentí Cristiano Ronaldo”, dijo el caballero campeón. Y la indumentaria y las actitudes de horda fuera de control de los participantes, tienen mucho más que ver con el gregarismo de las “masas civilizadas para no pensar” de nuestros tiempos, que con los ancestros a los que se cita.

Sigo a Erich Fromm cuando opino: que el “carácter social” es aquella estructura de comportamientos aceptados por la mayoría de los miembros de una sociedad histórica determinada. La gente cree hacer voluntariamente lo que el grupo espera que haga, para garantizar el funcionamiento del sistema. Estamos en el tiempo del consumismo desenfrenado, de la conversión de todo en mercancía, también de las personas: incluido su correspondiente etiquetado indeleble que llaman tatuaje, en una semejanza quizá alegórica con el hierro que marca al toro desde su nacimiento. Nuestros ganaderos invisibles son los dueños del Mercado Global que mueven los hilos del poder. Con la sutil amenaza del no seas raro no seas distinto, intentan crear rebaños seguidores de Lynch. Hoy fue un toro alanceado. Ayer un torero insultado hasta la vejación. ¿Mañana los somatenes matamoros en Badalona?

Pues en este mundo de personas, que como dice el poeta: viven dramas pasionales con las máquinas y son siempre muchos aunque estén siempre solos. Hasta a quienes criticaron los terribles hechos del Toro de la Vega, les cuesta salirse del camino trazado. Así, dedicaron apenas unas líneas a la noticia –coincidente en el tiempo con la anterior–, de que el Gobierno ha indultado parcialmente a tres mossos d'esquadra, condenados por detener ilegalmente y torturar a un hombre; tras mantener una discusión con él, cuando estaban fuera de servicio. Medida de gracia con la que evitarán su ingreso en prisión.

Todos debemos seguir a la mayoría, o nos expulsarán. Seguro.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Coincidencias repetidas.

Narrativa
Hace diez años me pidieron que escribiera sobre lo sucedido en Nueva York el día anterior, once de setiembre. Era demasiado joven para sostener con argumentos respetables, mejor expresado, aceptables, lo que pensaba. Escribí un relato. La ficción tiene la virtud del eufemismo. La excusa de la invención. Fue profusamente publicado. Su idioma original era el gallego.














En el autobús en que viaja Ernestina González todos lloran menos ella. Ella sólo recuerda. La cabeza de gigante de su yerno recostada en su minúsculo regazo, empapado en el llanto de él. Recuerda otro once de setiembre, otros aviones, otro olor a muerte: dulzón y espeso como éste que ahora respira. Recuerda su Chile natal. Recuerda el ruido de los vuelos rasantes, un silbido hiriente, la explosión después. Recuerda los programas de la radio interrumpidos por marchas militares. La vecina gritando: “Bombardearon La Moneda”... Se recuerda corriendo por las calles buscando un taxi, a los policías y bomberos que le impidieron pasar: “Perímetro restringido”, argumentaron. Sus protestas inútiles: “Mi esposo, mi esposo está ahí”. Recuerda los largos días esperando las listas de supervivientes, sus viajes a la Embajada Americana demandando ayuda para encontrar, aunque sólo fuese, el cadáver de su marido. Se acuerda de la carta de Nixon: “El pueblo americano comparte su dolor”. Recuerda la bolsa negra que le entregaron con la instrucción explicita de no ser abierta “por motivos de seguridad”. Recuerda a quien comandó el bombardeo entrar bajo palio en un templo, rodeado de hombres vestidos con túnicas, que rezaban a un Dios lejano y justiciero que les había ordenado destruir aquel edificio; donde su marido, su amor, se ganaba la vida como traductor. Recuerda, también, que a los asesinos los habían entrenado los que ahora se rasgaban las vestiduras. “Eran el único freno al socialismo”, le dijeron. “Los asesinos no frenan nada, sólo matan”, les contestara ella. Recuerda. “Comprendemos su dolor. Su marido era americano como nosotros, son daños indeseados. Cuestiones de alta política que usted no está preparada para entender”, la mano fláccida y sudorosa de Kíssinger derramando la mentira en la suya, entre unos dientes pintados de sonrisa de cartón. Le aconsejaron que se viniera para Estados Unidos, para Nueva York. Allí podría reconstruir su vida, darle un futuro a la hija que llevaba dentro. Recuerda, porque le parece estar viviendo lo que ya hace tanto vivió. Unos asesinos entrenados y financiados por los mismos que ahora les declaran enemigos. Los vuelos rasantes de aviones. Destruido el edificio donde trabajaba su hija. Un cadáver que nunca aparecerá, a lo más en forma de un plástico negro. Un perímetro vedado a las familias, marchas militares, banderas y arengas en la televisión. Cartas de condolencia del Presidente. Autobuses de familiares llorosos, blandiendo fotografías de instantes irrecuperables. El castigo no tardará en llegar, dicen; como ya dijeron la otra vez. Recuerda. Cuántas vidas de más inocentes costará esa justicia que se morirá de vieja, cómo aquella, en una finca apartada rodeada de guardaespaldas o en una jaima con aire acondicionado levantada en un desierto hecho vergel. Recuerda, porque ha llorado tanto por lo que pasó que a lo mejor lo que sucede es un recuerdo solamente. Las lágrimas ya están derramadas y su hija vendrá a su casa, a las siete, a recoger la cena como todos los días. Hoy le hizo judías con jamón: “Es que a mi niña le gustan mucho, sabe usted...” Recuerda.

martes, 6 de septiembre de 2011

Como siempre.

Narrativa

Viñeta de "Ese cobarde bastardo"
de Frank Miller


Me duele la mano. Mucho. La mano me duele mucho y la tengo hinchada, los nudillos despellejados.

Esta vez no me engañó, ¡es cierto! Pero, las llevó por las otras que sí lo hizo.

Me confundí de llave. Y además no se parecían. Una es de aluminio, roja, no pesa. La otra es de esas de seguridad, redondas.

Es cierto, fue una tontería.

Aunque la culpa la tuvo ella, por negar que recibiera mi carta. Por no querer ponerse al teléfono.

Sólo tenía que ir un momento a casa de la vecina y decirme: “No recibí tu carta, ¿qué querías?”

“Mándame el macuto de la Legión”, le contestaría yo, sin gritarle, tranquilo, sin rencor.

“Es mío, ya era mío cuando nos casamos. No te puedes quedar con él”.

¡Qué me lo olvide! ¡No me lo olvidé! ¡Tú me lo escondiste!, para fastidiar. Cómo haces siempre: ¡Para fastidiarme!

Por mucha paciencia que yo tenga, por mucha paciencia que tenga contigo. Cuando probé la llave y no era, es lógico que me cabreara: habías cambiado la cerradura, ¡cómo si yo fuese un ladrón! Qué me confundí de llave: ya lo sé. Pero la culpa es tuya, sólo tuya. Por no avisarme, por no decirme que no la cambiaras, por gritar que ibas a llamar a la policía.

Te crees que soy gilipollas, ¡si no tienes teléfono!, yo lo mandé cortar. Estaba a mi nombre. ¡Qué te iba yo a dejar hablar con tu madre, con tus amiguitas, con sabe dios quien...! ¡Para decir mal de mí como siempre!

La carta llegó de vuelta hoy a casa. La cogí ahora, cuando fui a buscar dinero y la escopeta de caza de mi padre, me la dio mi vieja: "Manolo, el cartero trajo esta carta de vuelta, la dirección está incompleta". Es una trampa. Aunque no tuviera la dirección completa el cartero te conoce, ¡y bien que te conoce!, seguro que os pusisteis de acuerdo.

Ya lo decía yo: recibiste la carta y no me lo dijiste porque la devolvieras, y no me avisaste que la llave no era la de la cerradura a propósito. Y me escondiste el macuto para que no me lo llevara, con las firmas de todos mis compañeros y todos los buenos recuerdos.

¡En ellos sí qué se podía confiar! ¡En un legionario se puede confiar hasta la muerte!: ¡No en una mujer, aunque sea la tuya!
Te di duro, pero te lo merecías. Siempre te lo merecías las veces que te di... La próxima no me colgarás... No me colgarás nunca más. Aunque te hagas la muerta y, ¡cómo siempre!: no me contestes..., te conviene obedecerme.

jueves, 30 de junio de 2011

Que nadie se lo tome en serio.

Después de un año construyendo y destruyendo a base de indecisiones el edificio del disco: Coque y yo terminamos, por fin, con la composición básica de las canciones y hemos decidido lanzarnos en plancha. Vamos a grabar diez temas. Suponemos que será un proceso largo, pero improvisaremos sobre la marcha. A golpes también se aprende.


lunes, 16 de agosto de 2010

Edimburgo



Si visitas Edimburgo y eres aficionado a los libros del escritor Ian Rankin, inevitablemente intentarás encontrar en el paisaje urbano vestigios de sus descripciones; en los habitantes, rasgos semejantes a los protagonistas de sus tramas. Lo cierto es que no se encuentran a no ser en la coincidencia de los nombres de las calles, del de los bares o del tour turístico montado para visitar los sitios que aparecen en las novelas.

Pero el ambiente, el clímax de una acción literaria está compuesto de muchos más matices que un lugar. Es aquello de lo que habla el escritor en sus novelas: los hombres de cara amoratada por la bebida y la mala alimentación que consumen su esperanza de vida cada tarde en el pub; o el de la ciudad moderna que creció al pie del Parlamento Escocés, hecha a tiralíneas, deshumanizada, de edificios antiguos con pinta de recién construidos. La gente con apariencia de acabar de salir de un escaparate postmoderno que comparte el espacio urbano, a su pesar, con una población avejentada, resabiada, endurecida por el mar, la industria reconvertida y la meteorología inclemente. Son aspectos más fáciles de leer que de observar para quien no tiene la sensibilidad de un gran escritor

Fue muy divertido visitar Edimburgo, es una ciudad hermosa, aunque no veas pasear a todos los escritores que residen allí. Traje un libro firmado por Ian Rankin; que guardo como un tesoro, de esa manera me enteré, que en las librerías de allí los venden firmados por el autor sin tener que soportar molestas colas. En la novela “La música del adiós” el mismo Rankin lo cuenta respecto al poeta asesinado Todorov, demostrando que en sus novelas no todo es ficción. En Edimburgo pasan algunas cosas de las que cuenta

viernes, 18 de junio de 2010

O sal das bagoas

Narrativa
“As dúas fillas de Lot quedaron encintas do seu pai."
(Xénesis 19,36)



Na Audiencia Provincial de Pontevedra, celebrouse onte o xuízo contra Lotario Puga Martelo por un delicto de “abusos sexuais continuados” nas persoas das súas dúas fillas. Á esposa de Lotario - acusada de complicidade pasiva -, a pesares das moitas preguntas que lle foron feitas, non houbo quen a quitara da cantilena que repetía sen parar (a mirada revirada aos adentros, a cabeza a abanear tal un sonómetro): “Eu fun a muller de Lot, e mirei atrás non para ignorar o mal camiño que o meu home levaba. Nin pola curiosidade de achar algunha felicidade na nosa vida de antes. Nin por fuxir do maltrato del. Ou por probar se a miña perda o detería. Mirei atrás ao escoitar berros desesperados. E cando mirei atrás para dar auxilio, fiquei convertida en estatua de sal”.

Examinada polo forense, seguindo ordenes do Presidente do Tribunal, este certificou: que si era certo. Que do exame da pel e das mostras de tecidos obtidas para seu análise se deducía, sen lugar a dúbidas, que a examinada estaba na súa totalidade composta de sal. De seguida foi absolta xa que a composición inhumana do seu corpo a convertía en non imputable, segundo manifestou en sentencia pronunciada “in voce” o señor Maxistrado.

Contou o cronista que presenciou os feitos, que a muller de Lot (ao escoitar a sentencia) parou de súpeto co mastigar de palabras que rosmaba. Nada máis dixo. Simplemente comezou chorar de ese modo fermoso e rarísimo que as estatuas teñen de facelo, sen que parte algunha do corpo se lles mova. Chorou só cos ollos rebordados de tristura, coma copos a verter. Impasible. Sen xestos.

As bagoas ao escorregar non deixaban rastros tal se a pel as bebera.

-Miña señora non se aflicta, xa todo pasou.
-Non choro por min. Choro por todas as estatuas de sal, que feitas con bagoas de muller, medran a cotío neste mundo de homes.

domingo, 30 de mayo de 2010

Exótico futuro en Shanghái



En Shanghái todo se supone exótico para alguien que viaja desde España. Aunque eso sea cada vez menos verdad. Las ciudades de todo el mundo se parecen más y sus peculiaridades, que las tienen, se difuminan en las coincidencias de los rascacielos enormes, las masas de trabajadores apresuradas, los establecimientos de comida rápida, los ejecutivos agresivos, las tradiciones estandarizadas como objetos turísticos. Un mundo de ojos rasgados que llora las mismas lágrimas amargas de la globalización salvaje.

No me gustó Shanghái, aunque tenía lugares hermosísimos. Me inquietaba que fuera aquel el destino que nos espera. Todo era muy parecido a un “Blade Runner” en construcción. Al decorado de la película poblado por gente de verdad. Y a ratos diluviaba.


miércoles, 17 de marzo de 2010

La edad de Eastwood

Deuda de sangre. (Crítica Cinematográfica)
DIRECTOR: Clint Eastwood
GUIONISTA: Brian Helgeland
BASADA EN LA NOVELA: "Deuda de sangre" de Michael Connelly
INTERPRETES: Clint Eastwood, Jeff Daniels, Anjelica Huston, Wanda De Jesus.
AÑO DE PRODUCCIÓN: 2002



“Deuda de sangre” es una respuesta desprovista de dramatismo, a la vez que conmovedora, a la pregunta de cómo envejecer en el cine. Desde “Sin perdón” (1992), Clint Eastwood parece dirigir su envejecimiento ante las cámaras, empeñado en demostrar que nadie está muerto hasta que deja de vivir por mucho que la ancianidad no esté ahora de moda.

El agente retirado Ferry McCaleb (Eastwood), cae derrumbado por un ataque al corazón mientras persigue a un asesino en serie. Esta escena, que abre la película, admirablemente fotografiada por Tom Stern, consigue, mediante un estilo expresionista que se sirve del color, dar al personaje de policía un aspecto macilento, casi espectral, y reforzar la intención de retratar a alguien que ya tiene un pie en la tumba.

Recuperado gracias a un trasplante de corazón, la médica (Angélica Huston) será el ángel custodio encargado de recordarle que no tiene edad ni salud para meterse en líos. Parece hacerle caso. Pero otra mujer, Graciela Rivers (Wanda de Jesús), vendrá a solicitar su ayuda para esclarecer un asesinato, y esgrime poderosas razones para convencerlo.

Basado el guión en una novela homónima de Michael Connely, “Deuda de Sangre (Blood Work)” simplifica la trama imaginada por el escritor americano, eliminando la mayoría de los secundarios. Aunque, sin duda, la diferencia más notoria es que el detective pasa de los 46 años del libro a los 72 que tiene en la película (la edad real del actor). Esa caracterización como inspector jubilado que podemos recordar de “La lista negra” en su famoso papel de Harry llega aquí más lejos al convertirlo en un policía que se ejercita en el arte de ser abuelo.





La puesta en escena, el comportamiento del protagonista y la vuelta a un género tan frecuentado por el actor no son ni mucho menos casuales y así lo ha explicado él mismo: “En este estadio de mi vida me apetecía enfrentar a mis personajes al los mismos desafíos que afrontaban con 30 o 40 años. Si ellos podían, se suponía que yo también; era una prueba que necesitaba pasar”. Y para superar el examen no hizo trampas, no se dejó doblar en las escenas arriesgadas. La espectacular persecución en un coche la protagonizó enterita a pesar de las protestas de los aseguradores. Ante la extrañeza de alguno de sus compañeros respondió: “Lo hago desde siempre, pues considero que sólo así se le da lo máximo al espectador. Además, eso solamente exige una buena preparación física y el esfuerzo de la constancia. Está al alcance de cualquiera…”

El desarrollo recuerda mucho a “En la cuerda floja”, de Richard Tuggle (1984), no por el argumento, mas por los elementos dramáticos que maneja: un asesino en serie, un policía individualista (el mismo Eastwood) y unos compañeros gruñones que no confían en su capacidad y creen que estorba; una joven hispana (Wanda de Jesús) bellísima…Son elementos habituales en la gramática de las películas de Eastwood.

Y por supuesto hay diferencias con el cine actual de policías, influido por el video clip y el vértigo del movimiento. “Deuda de sangre” usa una forma de contar demorada aparentemente y alejada de este género, pero que rehecho supone una gestión rigurosa de los tiempos muertos. Porque el director no hace ni una concesión a un posible alejamiento de los cánones tradicionales de esta clase de filmes.

Tal vez sea una “una obra menos” de Clint Eastwood; lo que está seguro es que la puesta en escena, la fotografía, los actores y su conmovedora reflexión- sobre el hecho de que jubilación y muerte nada tienen que ver- la convierten en una joya (pequeña quizá) entre el cine americano que nos es permitido ver últimamente.



En esta necesidad de rellenar interminables horas de programación televisiva no todo es teletiendas o escaparates de miserias humanas. A veces nos brindan la oportunidad de rescatar de la memoria películas que en su momento nos causaron una impresión que ahora nos cuesta revivir. "Deuda de sangre" ha llegado por partida doble. Esta critica la publiqué hace muchos años en Faro de Vigo cuando fue estrenada. No me arrepiento de lo que escribí. Eran otros tiempos. Era otro cine.